Tenía 53 años cuando pedí cita con el dermatólogo.
Siendo honesta, pensé que me iba a quedar calva en cuestión de meses.
Cada vez que me pasaba el cepillo, se quedaba lleno de pelo. El sifón de la ducha tapado. La almohada con pelos todas las mañanas. Y cuando me hacía la cola, tenía que darle tres y cuatro vueltas a la moña, porque ya casi no quedaba pelo que amarrar; esa cola que antes era gruesa se me volvió del grosor de un lápiz.
Pero no era la edad. Y no era genético.
Me hice todos los exámenes y salieron normales. Por eso ningún médico supo decirme qué me pasaba. Y por eso, durante años, nada de lo que probé me sirvió.
Hasta que entendí cuál era la verdadera culpable, y por qué se escondía justo donde nadie la buscaba.
Déjame contarte.
Yo siempre tuve pelo. Mucho pelo. De joven los ganchos se me reventaban del volumen; mi mamá decía que yo tenía "pelo de tres mujeres". Era esa mata de pelo la que me hacía sentir bonita aunque todo lo demás anduviera mal.
Pero como a los 48, cuando empezaron los cambios de la menopausia, ese pelo se me empezó a ir.
Empezó de a poquitos.
Un poco más de pelo del normal en el cepillo. Unos cuantos más en el sifón. Pelos en la ropa, en el espaldar de la silla; donde quiera que iba dejaba pelos.
Después se puso peor.
Un día, arreglándome para ir a misa, me di cuenta de que tenía que cambiarme la raya de lado, porque por donde siempre me peinaba ya se me veía el cuero cabelludo. En una foto de un almuerzo familiar (de esas que le toman a uno desde arriba) me vi la coronilla con un clarito que parecía un huequito de luz. La borré y le pedí a mi cuñada que no la subiera.
Dejé de hacerme la cola alta. Me peinaba de medio lado para tapar. Me puse a comprar polvitos para pintarme la raya y que no se viera tan clara. Aprendí a tenerle miedo a la luz blanca de los ascensores y de los probadores de ropa, porque bajo esa luz el cráneo se me transparentaba entre los pelos.
Hasta con mi esposo me volví rara. Cuando me iba a acariciar la cabeza, yo me hacía a un lado. Me daba cosa que sintiera lo ralito que tenía la coronilla.
Y la ducha se volvió una tortura. Espaciaba los lavados todo lo que podía, para no tener que ver lo que venía después. Porque apenas me echaba el champú y me masajeaba la cabeza, sentía los mechones soltándose entre los dedos. Y cuando bajaba la mano, tenía un mechón enredado entre los dedos, otro pegado en la pared del baño, y el sifón otra vez tapado de pelo.
Pensé que era la edad.
"Así es esto a los 53, Luz Marina", me decía para consolarme. "A todas les pasa con la menopausia."
Me hice exámenes rogando que fuera otra cosa, algo con solución fácil. Que fuera la tiroides. Que fuera el hierro. Que fuera el estrés del trabajo y de la casa. Algo que se quitara con una pastilla.
Todo salió normal.
Hasta que en una cena de Navidad, con toda la familia reunida, mi nieta de seis años se me subió a las piernas y se puso a jugarme con el pelo, como siempre. Pero esta vez me lo abrió con los deditos, se quedó callada un momento, y me preguntó:
—Abuelita, ¿y aquí por qué no te sale pelito?
La mesa entera se quedó callada. Yo no supe ni qué contestar. Me reí para no llorar y me fui al baño.
Esa semana, por fin, decidí buscar ayuda.
Primero fui al médico general de la EPS. Sin casi mirarme la cabeza, me dijo que era estrés pospandemia, que me bañara con agua fría y que tomara biotina genérica de la droguería. Y me remitió al dermatólogo: cita para tres meses después. La agenda siempre llena, la secretaria que nunca contesta.
Yo no aguantaba tres meses así. Entonces, de pura desesperación, pagué una consulta particular. Doscientos cincuenta mil pesos.
Llegué con toda la ilusión. Pensé: por fin un especialista de verdad, por fin alguien que me va a dar una respuesta.
El especialista me miró el cuero cabelludo como cinco segundos, desde el otro lado del escritorio. Ni se acercó bien. Y me dijo, mientras miraba el computador para ver quién seguía:
—Eso es la edad. A las mujeres en la menopausia les pasa. No hay mucho que hacer. Usted no se va a morir por tener menos pelo.
Salí de ahí sintiéndome una boba. Como si estuviera haciendo un drama por pura vanidad. Como si mi angustia fuera una exageración. Dos médicos, la misma respuesta: que me resignara.
Pero yo no me pensaba resignar. Hice todo lo que me dijeron, y mucho más.
Compré el champú de cebolla que me juró la vecina (ese que promete que no huele a cebolla y huele a cebolla, y que me dejó el pelo como un estropajo). Compré las cápsulas de biotina, el colágeno, esas que venden para el pelo a doscientos mil pesos el frasco. Me las tomé juiciosa por meses. Nada.
Me mandaron el Folister, esa loción con minoxidil. Grasosa, me dañaba el peinado, me ensuciaba la almohada. Y a las pocas semanas me empezó a salir vello en la cara (pero el pelo de la cabeza se seguía cayendo igual). Lo dejé asustada.
Me hice sesiones de plasma en un centro estético. Trescientos mil pesos cada vez. Me clavaban agujas por todo el cuero cabelludo, dolorosísimo. Un botadero de plata, porque el poquito efecto se iba apenas dejaba de ir.
Y entre tanto, cada tía, cada comadre, cada compañera del trabajo con su receta: que el romero, que la canela con clavos, que el ajo en el champú, que me relajara, que era estrés. Todas con la mejor intención. Ninguna me tocaba la raíz del problema.
Llegué a aceptar que así iba a ser de aquí en adelante. Me corté el pelo corto, casi a lo hombre, para no tener que ver el sifón tapado cada vez que me bañaba. Me resigné a la colita triste, al polvito en la raya, a la luz de los ascensores. A que la mujer de la mata de pelo se había ido para siempre.
Hasta octubre pasado.
Fui al grado de mi sobrina. Una reunión familiar grandísima. Y ahí estaba Ángela, una prima de mi esposo que vive en Medellín. Tiene 52 años y es médica endocrinóloga (especialista en hormonas, en todo eso del sistema hormonal del cuerpo).
Me vio sentada en un rincón, apagada, y se acercó con dos tintos.
—Luz Marina, ¿qué te pasa? Te veo apagada.
Le solté todo. La caída, el miedo a quedarme calva, el dermatólogo que me despachó en cinco segundos, los champús, el plasma, las cápsulas, la resignación de creer que así iba a vivir el resto de mi vida.
Me escuchó sin interrumpir. Y después me preguntó algo que me dejó fría:
—Luz Marina, ¿alguien te ha explicado por qué tus exámenes de hormonas salen normales pero tú te sigues quedando sin pelo?
No entendí.
Me dijo que para la mayoría de las mujeres, la caída en la menopausia no es como nos la cuentan. Que sí es hormonal, pero no de la forma en que uno cree.
Y me lo explicó con una imagen que no se me ha podido borrar de la cabeza.
—Imagínate que cada uno de tus folículos es como una matica sembrada en una matera —me dijo—. Toda tu vida, el estrógeno fue como una cerca que protegía esas maticas. Mientras esa cerca estuvo ahí, crecían fuertes, gruesas, sanas. Pero llegó la menopausia, el estrógeno se fue bajando… y esa cerca se cayó.
—Y entonces algo que SIEMPRE estuvo ahí rondando, una hormona que se llama DHT, por fin alcanzó la raíz. Y empezó a apretarla. Como un lazo que se va ciñendo poquito a poco alrededor del tallo. La matica no se muere de una. Se va achicando. Cada vez da un pelito más fino, más débil, hasta que un día ya no da nada. Eso es lo que llamamos miniaturización.
—Pero Ángela —le dije—, a mí me hicieron exámenes y las hormonas salieron bien. Si fuera por eso, ¿no me saldría algo alto?
—Ahí está el engaño, Luz Marina. No es que tengas de más nada en la sangre. Es que perdiste la cerca que protegía la raíz. La misma DHT que siempre estuvo ahí, ahora llega sin nada que la frene. Por eso tus exámenes salen normales y te sigues quedando sin pelo.
—Y por eso —me dijo— nada de lo que probaste te sirvió. La biotina no toca esa hormona. El champú de cebolla no la toca. El minoxidil solo le echa más agua a una matica que están estrangulando; por eso a algunas hasta les sale vello en la cara, pero el pelo de la cabeza se les sigue cayendo. Nada de eso le suelta el lazo a la raíz.
—Y te voy a ser franca —me dijo, mirándome a los ojos—: una raíz que lleva mucho tiempo con ese lazo apretado se va dañando, y llega un punto en que ya no da más, se pierde para siempre. Por eso esto no es para mañana, Luz Marina. Entre más rápido le sueltes el lazo, más pelo alcanzas a salvar.
Me quedé mirándola.
Llevaba años torturándome, gastándome la plata, sintiéndome una boba… con cosas que nunca, nunca iban a tocar a la verdadera culpable. Y, sin saberlo, perdiendo pelo que a lo mejor ya no iba a volver.
Mi pelo no estaba muerto. Mis raíces estaban vivas. Solo las estaban estrangulando. Y nada de lo que yo había probado tocaba a la hormona que apretaba el lazo.
Esa misma noche, casi a la medianoche, ya estaba con el computador investigando.
Y Ángela tenía razón. Estudio tras estudio decía lo mismo: la DHT, la miniaturización, la pérdida del estrógeno en la menopausia. Y algo más: que esa hormona SÍ se puede bloquear en la raíz… pero hay que aplicarlo directo en el cuero cabelludo. Porque por boca, los jugos del estómago lo destruyen y casi nada le llega al folículo. Tópico, directo donde está el problema, era lo único que tenía sentido.
Como a la una de la mañana encontré algo que se llamaba el Bodywise Hair Growth Serum.
Unas goticas para aplicar en el cuero cabelludo, formuladas justo para eso: frenar la DHT directo en la raíz. Con extractos naturales (cúrcuma, que ayuda a frenar la enzima que produce la DHT; cafeína; peonía) en concentraciones de verdad, no un champú de farmacia. Desarrollado por una experta en salud capilar femenina, con miles de mujeres ya usándolo.
Lo quería pedir esa misma noche. Pero estaba agotado. Resulta que, como usan extractos de verdad, la producción es lenta y se acaba rápido. Por casi tres semanas revisé la página todas las mañanas, hasta que un día apareció disponible y lo pedí en ese momento. Y me dio tranquilidad una cosa: era pago contraentrega. No tuve que meter la tarjeta en internet; pagué cuando me lo trajeron a la puerta de la casa.
Cuando llegó la cajita no le dije nada ni a mi esposo. Ya me había ilusionado demasiadas veces.
Solo empecé a aplicármelo en las noches. Sin avisarle a nadie, sin esperar nada.
A las tres semanas, una mañana me pasé el cepillo, lista para contar los pelos que se quedaban, como hacía cada día.
Conté ocho.
Llevaba meses contando treinta, cuarenta. Y esa mañana conté ocho. Me quedé mirando el cepillo sin creerlo. Y el sifón de la ducha, por primera vez en años, casi limpio.
Unos días después me pasé la mano por el pelo, de esas veces que antes me dejaban un puñado entre los dedos. Y no se me vino nada. Me quedé con la mano ahí, esperando. Nada.
Pero lo que de verdad me quebró fue unas semanas después. Me estaba mirando la línea del pelo en el espejo del baño, de cerca, como me miraba siempre para sufrir… y los vi. Unos pelitos nuevos, chiquitos, parados, saliendo justo por donde más se me había clareado.
Me puse a llorar ahí parada en el baño. De verdad. Pero no de tristeza. De alivio. Porque ya se me había olvidado lo que se sentía recuperar algo que creía perdido para siempre.
Eso fue hace ocho meses.
La caída paró. Los pelitos crecieron. La raya se me fue cerrando. La cola me volvió a dar las vueltas de antes, gruesa, mía.
Volví a hacerme una cola sin que me diera pena. Volví a salir sin el polvito en la raya. Dejé de tenerle miedo a la ducha y a la luz de los ascensores. Y dejé que mi esposo me acariciara la cabeza sin hacerme a un lado. No tengo el pelo de tres mujeres de cuando era joven, pero tengo otra vez el mío. Volví a ser yo.
Todo por arreglar lo que de verdad estaba mal. No era la edad. No era genético. Era una hormona apretándome la raíz, y por fin algo le soltó el lazo.
No sé quién va a leer esto, pero a lo mejor alguien lo necesita.
A lo mejor cuentas los pelos en el sifón con el corazón en la mano.
A lo mejor ya te cambiaste la raya de lado para tapar, o te echas polvito para que no se vea.
A lo mejor un médico te miró cinco segundos y te dijo que es la edad y que te resignes, como me dijeron a mí.
A lo mejor ya te diste por vencida.
Si te suena, tienes tres caminos.
Uno: seguir creyendo que es la edad. Seguir escondiéndote, peinándote para tapar, evitando las fotos. Seguir viéndote cada vez más clara y perdiendo, mes a mes, raíces que ya no van a volver.
Dos: seguir botando plata en champús, cápsulas y tratamientos que nunca tocan a la hormona que aprieta el lazo. Y seguir igual.
Tres: probar el Bodywise Serum. Frenar la DHT en la raíz, que es lo que de verdad está pasando. Y ver qué pasa cuando tus folículos por fin dejan de pelear.
Yo gasté más de un millón de pesos entre el tricólogo particular, las sesiones de plasma, los champús de cebolla y las cápsulas. Nada me sirvió. El Bodywise me costó una fracción de eso, y fue lo único que funcionó.
Es una marca con respaldo, desarrollada por una experta en salud capilar femenina, con miles de mujeres usándola. No es uno de esos frasquitos de dudosa procedencia que ves por todas partes.
Ahorita tienen hasta 37% de descuento. Yo no tuve esa suerte: pagué más y encima esperé tres semanas a que hubiera disponible. Tú no tienes que hacer eso.
Y tienen 60 días de garantía. Dos meses enteros para probarlo en tu propia casa. Si no ves cómo se te frena la caída, te devuelven hasta el último peso. Sin preguntas, sin pelear. Y es pago contraentrega: pagas cuando te llega a la puerta.
Pero ojo, dos cosas que aprendí a las malas.
Primero, se agota muy seguido, porque la producción es lenta. Si lo ves disponible, no lo pienses tanto.
Segundo, y esto es lo más importante: cómpralo solo desde la página oficial, bodywiselatam.com. Vi copias por ahí que se ven igualitas pero son imitaciones que no sirven para nada. Una conocida compró una de esas pensando que era la misma, esperó, y no le hizo absolutamente nada. Cuando entres, fíjate que diga Bodywise y que tenga la garantía de 60 días. Si dice eso, es el bueno.
No soy médica, no vendo nada de esto, a mí nadie me paga por escribir esto.
Pero he visto a demasiadas mujeres escondiéndose como me escondí yo. Peinándose para tapar, evitando las fotos, lavándose el pelo con miedo, creyendo que es la edad o que están exagerando. Cuando en realidad es algo que sí tiene nombre, y que sí se puede frenar.
Si estás leyendo esto pensando "Dios mío, esta soy yo", inténtalo. Son 60 días de garantía. Si no funciona, lo devuelves y ya. Pero de verdad creo que vas a quedar tan sorprendida como quedé yo.
Dale clic al botón de aquí abajo y mira si todavía aparece disponible. Si lo ves, no lo pienses tanto: una compañera del trabajo se demoró dos semanas y, cuando volvió a entrar, ya estaba agotado.
Tu pelo todavía está ahí. Tus raíces siguen vivas.
Solo necesitan que por fin alguien les suelte el lazo.
Luz Marina ❤️
P.D. Le mandé el link a mi hermana en Cali hace un mes. Llevaba años escondiendo la coronilla con polvitos y peinándose de medio lado, igual que yo. La semana pasada me llamó llorando porque por primera vez en años se hizo una cola y no le dio pena. Por eso me animé a escribir esto. Si tu mamá, tu hermana, tu amiga (o tú misma) están como estaba yo, pásale este mensaje. Y si tienes una hija, muéstraselo también: que sepa que esto algún día tiene cómo frenarse, y que resignarse no es la única opción.